10.9.15

Arenas y otros materiales de construcción de sueños


Esta mañana percibo algo que me molesta al andar. Arena en mis zapatillas. Más precisamente la del pié derecho, aunque este es un detalle de poca cuenta. Poco o nada cuenta, como los detalles en los que se fija uno mientras anda por la calle, como rebuscando en cada esquina.
Como quien percibe arena en un ojo después del vendaval de la tarde de antes de ayer. Como quien nota arena en un riñon.
Lo primero que se me viene a la cabeza es la canción aquella de la película. Arenas de soledad. Que también es título de un cuadro colgado en alguna pared blanca de alguna casa blanca de un suburbio de Madrid. Hermoso, por cierto. Sentido.
Luego pienso que la arena debe ser de ayer. Cuando me fui a jugar al parque con los niños. Hermosa tarde de parque y árboles y arena.
En el segundo sucesivo reflexiono sobre el sentido existencial filosófico vital metafísico de la arena.
En el tercer tiempo me pongo a escribir, sobre un papel imaginario, mientras la chica rubia de ojos castaños, sentada a mi lado sigue maquillándose entre estación y estación del recorrido metropolitano. Tren con dirección Paco De Lucía. Bonito destino metropolitano.
Y me pregunto: ¿y si acumulara toda la arena que tarde tras tarde me llevo a casa en mis zapatos? Podría construir una mansión. Un castillo con almenas, torre con princesa, dragón, y foso con cocodrilo de mentira.
Podría construir un edificio con el fin último y único de hacer soñar a unos niños.
Soñar es bueno. Dicen. Aunque luego te despiertes. Te desveles. Te pongas nervioso. Te pongas zapatillas y salgas en la noche para hablarle a la luna, que encima nucna contesta, y como mucho pone cara menguante.
Construiría un castillo bien lejos de la orilla del mar. Por si a caso.
Tendría puente levadizo, para que por la noche no entraran los monstruos de dientes afilados y garras terribles. Ni sus sombras tampoco.
Tendría conexión de internet para conocerlo todo, plancha para alisar las ideas, y microondas, aunque eso sea simplemente para hacer palomitas los sábados por la noche. También habría una batidora, donde mezclar todas las ocurrencias. Muchas estanterías donde coleccionar, como soldaditos de plomo, sueños realizados y en proceso, incluso fracasos. Maquetas de cartón y juguetes de papel. También donde colocar unos cuernos de corzo que me regaló un día un amigo, pastor de lobos.
Si sacara esa arena de mi zapato derecho, caminaría más cómodo. Y podría avanzar en mi construcción efímera de castillo medieval.
Y si lo hiciera, caminaría más rápido, recto, simétrico, preciso, racional.
Y vería ese castillo terminarse, y me daría cuenta que sólo es un castillo de arena, y que mañana el hombre del tiempo ha previsto borrasca y fuertes vientos de noroeste. Y que lo más normal es que mañana algo de arena acabe en mis ojos.
A pesar de todo, creo que hoy lo que voy a hacer serà dejar esa arena donde estè, en mi zapato derecho. Y acordarme del día de ayer, cuando la vida se deslizaba sobre un tobogán amarillo, al atardecer.
Se estaba fenomenal.

Lo mismo al hombre del tiempo le atropella un autobús esta noche mientras vuelve del plató. Y resulta que se había equivocado, y que sólo era lluvia, sin viento.
Y resulta que justo ayer me compré en una tienda de Madrid un paraguas de colorines, tan grande como un castillo.

No hay comentarios: