Allí,
bajando aquella escalera de caracol y lunares, se encontraba el establo
y los caballos. Caballos y yeguas de madera en cuyas entrañas se escondían
soldados de capa azul y pistacho. Quietos, todos ellos. Esperando la
hora precisa para salir y derrumbar la muralla de la paradójica
apariencia.
A un caballero sin máscara se le ocurrió ir a despertarles. Luego se lo pensó mejor.
Todavía no había llegado esa hora, las 21 horas 00minutos y 243 segundos, o casi.
A un caballero sin máscara se le ocurrió ir a despertarles. Luego se lo pensó mejor.
Todavía no había llegado esa hora, las 21 horas 00minutos y 243 segundos, o casi.
SP 02/2014
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